Trece, fueron Trece

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Y eran una, y dos, y tres, y cuatro
y hasta cinco fragrantes Rosas Rojas.

Florecían igual en el jardín
una sexta y séptima y octava, tan hermosas
como aquéllas, que no menguaban su belleza
a otras cinco, que sumaban TRECE ROSAS.

Todos se placían contemplando
el candor de las trece niñas rosas:
Trece fuentes de agua pura;
trece soles en aurora;
trece primaveras de amor;
trece versos de una estrofa,
que no concluyó el poeta,
porque una mano alevosa
cortó impía sus tallos
y al cieno arrojó sus corolas.

¡Ay, mal hayas, mano aleve!
¡Malaventura te acoja!

Que mataste aquellas niñas,
cuando el alba se sonrosa,
salpicando la mies dorada,
con su sangre, de amapolas.

Que trece, eran trece las niñas;
que trece, eran trece las rosas:
TRECE saetas que llevo
clavadas en la memoria.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.