Romance de la Mala Muerte

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A la memoria de mi tío Ismael Hernández Díaz, «Don Agurio».

Noviembre, dieciséis;
a las tres de la mañana;
«Primer Año Triunfal»
de la «Nueva Guerra Santa».

Cuando ya las hienas duermen
y los huracanes callan,
y hasta el crespón de la noche
de su oscuridad se espanta,
te llevan por un sendero
hacia el Monte de la Galga,
en tétrica comitiva,
cinco sombras desalmadas:
Tú presientes tu destino,
ellas, alevosas, callan,
que todos sabían, ¡Ay, Triste!
hacia dónde te llevaban.

Dicen que, cuando ascendían
por la empinada montaña,
de entre las frondas se oía
el doblar de una campana,
que la tañían los vientos
que por tu alma rezaban.

Y dicen que las cinco sombras
te mataron por la espalda,
porque de frente, cobardes,
les faltaran las agallas.

Y trae voces la Historia
que antes tu fosa cavaras,
forzado por los sicarios,
donde tu cuerpo enterraran,
cuando allá en el horizonte
iba a despuntar el alba;
cuya tumba señala hoy un ciprés
que ha crecido con tu savia.

Y cuentan las mismas voces
que, al llegar la Democracia,
las cinco sombras acudieran
de tu perdón en demanda.
Y entonces se arden los Cielos
y el Trueno sus fuegos manda,
el Viento sopla con ira
y a tu tumba acude rauda
toda la Grey del bosque
que a las pérfidas espanta,
mientras que en la lejanía,
donde el Mar y el Cielo se abrazan,
una nube se ha rasgado,
dejando asomar la Alborada
del nuevo tiempo que alumbra
las tierras de las Españas.

Reposa en paz, tío Agurio,
en el Monte de la Galga,
tierra ubérrima y fragante
de la Isla de La Palma.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.