¿Qué fue de todo aquello?

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Que estoy llegando, llegando;
me estoy perdiendo, perdiendo:
que salí con la alborada,
y arribo ya anocheciendo.

Nube negra que me oculta
el final de mi sendero;
ecos de cuanto he vivido,
siluetas, solo recuerdos,
vapores que se diluyen,
ya nada parece aquéllo.

Molinos son los gigantes;
galeotes, los guerreros;
las novias ya no son vírgenes,
que madres las hemos hecho;
la Luna ya no es de plata,
ni las estrellas, luceros.

Los ríos se van a la mar
llenos de sangre o de cieno;
ya no se trilla en las eras,
ni el ganado pasta el heno;
las montañas no son verdes,
que ennegreciolas el fuego.

Ya no estás en la ventana
esperando mi regreso,
cuando el arrebol se muere
al desangrarse los cielos.
Y mi laud se ha callado;
que soy un trovero viejo
que no trae en sus alforjas
ni uno solo de sus sueños.

Que estoy cansado, cansado;
que estoy sediento, sediento,
y solo quiero arribar
al hontanar de mi huerto,
pues traigo a cuestas mi vida
y pésame mucho su peso.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.