Plegaria

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Ya sé, Señor, que está llegando mi hora.
Ya sé, Señor, que está llegado el día
en que, seca la boca de agonía,
he de dejar el lar que me enamora.

Déjame aún, Señor, déjame ahora
que he encontrado al cabo el alma mía,
destrozada y sangrando en la porfía
de una noche sin fin y sin aurora.

Deja que mis ojos se recreen
contemplando el bien que había perdido.
Después, Señor, donde los astros leen
el infinito azul ajeno a Crono,
llévame y, de tu amor henchido,
hazme hebra de luz para adornar tu trono.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.