Oda a Montaña Roja

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A la memoria del Dr. Don José Toledo González, en cuya roca reposan sus cenizas.

¡Oh, cónica atalaya! ¡Oh, cárdeno vigía,
del austro peregrino hacia lo ignoto!

Que a Atlante miras y sus brisas bebes;
que su espuma baña tus pies, de rojo
calzados por Vulcano enfurecido,
bramando a las estrellas sus enojos:

¡Cuánta esperanza, al pairo de una vela blanca,
ha pasado bogando ante tus ojos,
soñando que, allende el azul lejano,
se refugiaban los áureos tesoros!

¡Cuánta ilusión perdida! ¡Cuánto amargo sabor
dejan las olas varado en tus escollos!

Viste del Genovés pasar las naves,
cuando en la cima isleña ardía el coloso;
viste a María, de pecho sobre la peña,
verter al mar sus lánguidos sollozos
por el amor truncado en la aventura
del que partía por ser, antes que otro,
el que envolviera en abrazo virginal
y confraterno el Orbe todo,
mientras que abajo, en tu llano, el pastor Pedro
pacía su rebaño en los abrojos,
contando en la noche los luceros,
sin sospechar que un día venturoso
sería él también estrella rutilante
que adornaría del Señor su trono.

Ya no surcan tus aguas los bajeles
en busca del futuro generoso.
Cuando el sol declina hacia las sombras
tiñendo el cielo de carmín y oro
y del profundo océano regresan
las gráciles gaviotas a tu cono,
se recorta tu silueta de reptil
que, varado en la ribera, a sorbos
se bebiera los ensueños que, de siglos,
atesoran los mares en sus fondos,
mientras que en el horizonte se despuntan
con cargamento de ébano a su bordo,
los cayucos que arriban fugitivos
del hambre, la miseria y el oprobio.

Surgiste un día en la alborada isleña
como un rescoldo del Teide poderoso,
y, como él es insignia de la Grey Canaria,
tú eres emblema del sureño Polo.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.