Hágase el Reino de la Paz

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Arriemos las banderas, guardemos los escudos,
callemos los himnos, los cantos patrioteros
a cuyos sones hemos enterrado
tantos buenos y malos muertos.

Arrasemos las fronteras almenadas
que parten el alma de los pueblos.
Dejemos al Cid dormir con su Tizona
el sueño eterno.

Abramos el corazón a los hermanos
cualquiera que sea el color del cuerpo:
que todos tienen alma y nacen
como nosotros nacemos.

Que quiero la tierra abierta y fecunda,
paridora de hermanos, no guerreros.
Que los himnos los canten los pajarillos
del campo con letra de los vientos.

Que la mano que legisla esgrima
la palabra, no el acero.
Y que la palabra no sea nunca dardo
que hiera el pensamiento.

Que el poeta cante endechas de amor
y calle el romancero,
que solo ha cantado historias
de sangre, rencor y duelo.

Para que, cuando el Sol levante su rostro
cada mañana en el portal del cielo,
contemple los sembrados plagados de amapolas,
no de sangre de los que murieron
sin saber por qué murieron.

Que quiero oírte otra vez, Señor, en la Montaña.
Que vengas por fin a gobernar tu reino.
Que el hombre se haga carne de Dios,
del Dios eterno y bueno.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.