¿Dónde estás, Señor?

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¿Dónde tienes, Señor, tus ojos puestos?
¿Hacia dónde tienes vuelta la mirada?
¿No ves que, en el Edén que Tú creaste
embriagado de amor desde la nada,
no queda ya más que la baba inmunda
de la sierpe que en odio nos encharca?

Creo que Tú, Señor, eres el Padre:
el Hacedor de la Tierra y de las Aguas;
de cuanto late bajo el Cielo raso;
de la Luz, la Armonía y la Palabra;
del Infinito Azul donde los astros
duermen los siglos que en silencio pasan.
Que creaste del barro la estameña
con que arropaste en mi cuerpo el Alma
y que eres el Nauta que al timón gobierna,
sin declinar la ruta, nuestra Barca.

Y entonces ¿por qué te desvaneces?
¿Por qué, inclemente, de tu grey te apartas?
¿Por qué la dejas sola, a la deriva,
y a otros orbes vuelves la mirada?

¿Es que no ves el galopar sin freno
de los Cuatro Jinetes a sus anchas,
arrasando el solar en que sembraste
la simiente de amor y de esperanza?

Vuelve otra vez al huerto desolado;
de sus surcos arranca la cizaña;
expulsa al mercader y al fariseo,
y abúndanos de Bienaventuranzas.

Haz que al cabo reine la Justicia,
la Paz, la Libertad que nos igualan;
rompe los diques que al Amor apresan;
traba el Cielo y la Tierra con Nueva Alianza,
y escucha la vox de tu Pueblo que te pide
que bajes otra a la Montaña.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.