Plegaria

Inicio > Poemas

Ya sé, Señor, que está llegando mi hora.
Ya sé, Señor, que está llegado el día
en que, seca la boca de agonía,
he de dejar el lar que me enamora.

Déjame aún, Señor, déjame ahora
que he encontrado al cabo el alma mía,
destrozada y sangrando en la porfía
de una noche sin fin y sin aurora.

Deja que mis ojos se recreen
contemplando el bien que había perdido.
Después, Señor, donde los astros leen
el infinito azul ajeno a Crono,
llévame y, de tu amor henchido,
hazme hebra de luz para adornar tu trono.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.

No a la Guerra

Inicio > Poemas

Ibas a morir sin saber  por qué.
Por un lindero;
por una marca invisible que te dijeron
que separaba Patrias:
La tuya, protegida por el Cielo;
las otras, del Abismo prohijadas.

Mas, tú sólo habías visto
que las espigas doraban sus granos
al otro lado, como en la mies del tuyo;
que la lluvia empapaba tus sembrados
tal como aledaña regaba los de tus vecinos.
Enemigos te dijeron.
Que los rayos del Sol que allí caían
caldeaban por igual tu besana que las suyas;
que las mozas que, alegres vareaban
los contiguos olivares,
sonrosaban sus mejillas al mirarte,
con el mismo rubor con que se ardían las suyas,
las que contigo araban.
Y que el ruiseñor, que con sus trinos
anunciaba cada día la alborada,
de tu breval, inquieto, al del lindante,
sin aduana los moraba.

Pero un día, al despuntar el alba,
viste tus campos cercados de alambradas.
Fronteras las llamaron.
Que los colores del arcoiris,
que de siempre puentea las campañas,
ahora pintaban telas de diferentes Patrias
y que en tu breval colgado había un cartel
que, a defender lo tuyo, te incitaba.

Y descubriste con espanto
que ni en uno ni en otro breval
ya el ruiseñor moraba,
porque el grácil pajarillo,
con las alas extendidas,
crucificado estaba en la alambrada.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.

Romance de la Mala Muerte

Inicio > Poemas

A la memoria de mi tío Ismael Hernández Díaz, «Don Agurio».

Noviembre, dieciséis;
a las tres de la mañana;
«Primer Año Triunfal»
de la «Nueva Guerra Santa».

Cuando ya las hienas duermen
y los huracanes callan,
y hasta el crespón de la noche
de su oscuridad se espanta,
te llevan por un sendero
hacia el Monte de la Galga,
en tétrica comitiva,
cinco sombras desalmadas:
Tú presientes tu destino,
ellas, alevosas, callan,
que todos sabían, ¡Ay, Triste!
hacia dónde te llevaban.

Dicen que, cuando ascendían
por la empinada montaña,
de entre las frondas se oía
el doblar de una campana,
que la tañían los vientos
que por tu alma rezaban.

Y dicen que las cinco sombras
te mataron por la espalda,
porque de frente, cobardes,
les faltaran las agallas.

Y trae voces la Historia
que antes tu fosa cavaras,
forzado por los sicarios,
donde tu cuerpo enterraran,
cuando allá en el horizonte
iba a despuntar el alba;
cuya tumba señala hoy un ciprés
que ha crecido con tu savia.

Y cuentan las mismas voces
que, al llegar la Democracia,
las cinco sombras acudieran
de tu perdón en demanda.
Y entonces se arden los Cielos
y el Trueno sus fuegos manda,
el Viento sopla con ira
y a tu tumba acude rauda
toda la Grey del bosque
que a las pérfidas espanta,
mientras que en la lejanía,
donde el Mar y el Cielo se abrazan,
una nube se ha rasgado,
dejando asomar la Alborada
del nuevo tiempo que alumbra
las tierras de las Españas.

Reposa en paz, tío Agurio,
en el Monte de la Galga,
tierra ubérrima y fragante
de la Isla de La Palma.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.

Renuncia

Inicio > Poemas

No quiero ser ayer, ni ser mañana.
Ni revivir la noche de los tiempos;
ni en agorera nave hacer la ruta
que me lleve irredento al tiempo nuevo.

Quiero ser hoy, y en hoy anclar mi nave
sin aproarla hacia el lejano puerto
del que he arribado con el bordaje roto
y el velamen rasgado por el viento:
Que debo restañarme las heridas
que laceran mi cansado cuerpo.

No quiero hacer derrotas que me traigan
aventuras de otras tierras, de otros cielos,
ni dejarme embelesar con cantos de sirenas
que, por seguir sus sones, me perdieron.

Quiero tenderme a popa y, en la noche,
contar uno a uno los luceros,
y al profundo del mar echar las redes
por repescar del fondo mis ensueños,
idos a pique en tantos temporales
que azotaron mi nave en el empeño
de descubrir lo ignoto y arrancar
al lejano horizonte sus misterios.

Y así un día, podré levar el ancla y dejar
mi nave a la deriva; sin gobierno
el timón; el remo adormecido.
Y que, en el crepúsculo sangriento,
en que las formas se evaden de si mismas,
derrote a los cantiles en silencio,
varando su quilla en los rompientes.
Y, una vez allí, del oleaje en el estruendo,
se haga en mil astillas, redimida
del pecado de vivir, muriendo.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.

Un Día Será

Inicio > Poemas

Un niño clama en la calle:
¡Tengo hambre, tengo frío!

Un gallo llama con brío
un día que no amanece.

El rico se refocila en la cama,
no oye el gallo, no oye al niño.

Una leve nube parda
quiere abrirse camino
entre el crespón de la noche
que no cede su imperio al alba.

Y allá, en un lugar ignoto,
dicen que de Dios en nombre,
le arrancan la vida a un hombre
porque pecó y fue impío.

Niño, gallo, hombre, Dios;
amor, piedad, caridad y libertad.

¡Cuándo amanecerá!

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.

Fraternidad

Inicio > Poemas

¡Cómo me dueles, amigo;
amigo, cómo me dueles!

Tu piel bruna, ala de cuervo,
en soles bruñida al temple;
si de topacio labrada,
o blanca como la nieve;
cual si de grana, o de oliva
bañada de luna fuere;
sea cual sea tu raza;
nacieras como nacieres,
si entre pañales bordados,
o en la paja de un pesebre;
tanto si cerca te tengo,
como si en mares allende,
eres mi hermano, mi amigo,
y tus dolores me duelen.

Cuando lloras a tus hijos
que en guerras absurdas mueren;
cuando te arrasan tus campos
de la barbarie sus huestes;
cuando te inmolan en aras
de credos que no comprendes,
o encadenado te arrastran
para que acates sus leyes
y con limosnas tus hambres
que se te acaben pretenden,
cuando de siglos te tienen
abandonado a tu suerte,
tus rabias son rabias mías
y tus pesares me escuecen:

Porque me dueles, amigo;
amigo, porque me dueles.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.

In Memoriam

Inicio > Poemas

Aquellas niñas que se hicieron novias,
que engendraron hijos y fueron abuelas
y que ya no están.

Aquellos niños que se hicieron mozos
y que, siendo padres, llegaron a abuelos
y que tampoco están.

Y este niño mío que también creció,
y que, como ellos, es padre y abuelo,
se ha quedado solo porque ellos no están.
Y en la soledad en que lo han dejado,
mala compañera para andar la senda
que hasta ellos va,
se siente perdido, sin norte ni guía
que le hagan llegar
al lugar ignoto en que ellos están.

Echadle una mano, viejos compañeros;
venid en pos suya que el Sol ya declina
y la noche amenaza con sus nubarrones
cegar el camino que le ha de llevar
hasta donde aquellos que se fueron viejos
han vuelto a ser niños para siempre ya.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.

Al Tirano

Inicio > Poemas

Le pides a mis labios su silencio;
que torne el pensamiento hacia tus lares;
que a ser quien soy renuncie en tu alabanza;
que doble la cerviz ante tus manes.

Me impones que enarbole tus pendones;
que tus himnos para tu gloria cante;
que no vierta mis lágrimas de rabia,
negándome la libertad de odiarte.

Pretendes que al Calvario suba dócil,
con la cruz a mis hombros sin quejarme;
que mi última palabra allá en la cima
sea para perdonarte que me claves.
Que, como Pedro, mis amigos huyan
y a ti acudan devotos a negarme.

Te proclamas de Dios su predilecto,
hijo del Sol, de inmaculada sangre,
salvador de patrias. Héroe invicto
con frenesí te aclaman tus secuaces.

Y, ¿quién te dio el cetro; quién, la corona?
¿Quién te puso al timón de nuestra nave?
¿Quién al fuero del Cielo y de la Historia
el caudal remitió de tus desmanes?

Pasarán los años, pasarán los siglos, las edades
y quizás de ti ya no se acuerde nadie;
que la sangre de los míos que vertiste
ya no clame por derramar tu sangre.

Pero siempre habrá un tribunal del hombre
que no duerma, por muchos siglos que del tiempo pasen,
y que te juzgue, fratricida sin fe,
y te declare para siempre infame.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.

Hágase el Reino de la Paz

Inicio > Poemas

Arriemos las banderas, guardemos los escudos,
callemos los himnos, los cantos patrioteros
a cuyos sones hemos enterrado
tantos buenos y malos muertos.

Arrasemos las fronteras almenadas
que parten el alma de los pueblos.
Dejemos al Cid dormir con su Tizona
el sueño eterno.

Abramos el corazón a los hermanos
cualquiera que sea el color del cuerpo:
que todos tienen alma y nacen
como nosotros nacemos.

Que quiero la tierra abierta y fecunda,
paridora de hermanos, no guerreros.
Que los himnos los canten los pajarillos
del campo con letra de los vientos.

Que la mano que legisla esgrima
la palabra, no el acero.
Y que la palabra no sea nunca dardo
que hiera el pensamiento.

Que el poeta cante endechas de amor
y calle el romancero,
que solo ha cantado historias
de sangre, rencor y duelo.

Para que, cuando el Sol levante su rostro
cada mañana en el portal del cielo,
contemple los sembrados plagados de amapolas,
no de sangre de los que murieron
sin saber por qué murieron.

Que quiero oírte otra vez, Señor, en la Montaña.
Que vengas por fin a gobernar tu reino.
Que el hombre se haga carne de Dios,
del Dios eterno y bueno.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.

El Desengaño

Inicio > Poemas

Por seguir soñando quimeras,
cuando ya la ilusión se apaga.

Por buscar el triunfo en la brega,
cuando ya las fuerzas te fallan.

Por querer remontar el vuelo,
cuando ya no despliegas las alas.

Por tener hambre de amor,
cuando ya la pasión se acaba.

Por bogar hacia el lejano horizonte,
cuando ya la nave encalla.

Por mirarte en el espejo,
que ya te vuelve la cara.

Por pretender disponer de todo,
cuando ya no te queda nada.

Por vivir anclado a la vida,
cuando ya la muerte te llama,
y hacer cuentas del pasado,
que siempre te han de dar quebradas.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.