Al Tirano

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Le pides a mis labios su silencio;
que torne el pensamiento hacia tus lares;
que a ser quien soy renuncie en tu alabanza;
que doble la cerviz ante tus manes.

Me impones que enarbole tus pendones;
que tus himnos para tu gloria cante;
que no vierta mis lágrimas de rabia,
negándome la libertad de odiarte.

Pretendes que al Calvario suba dócil,
con la cruz a mis hombros sin quejarme;
que mi última palabra allá en la cima
sea para perdonarte que me claves.
Que, como Pedro, mis amigos huyan
y a ti acudan devotos a negarme.

Te proclamas de Dios su predilecto,
hijo del Sol, de inmaculada sangre,
salvador de patrias. Héroe invicto
con frenesí te aclaman tus secuaces.

Y, ¿quién te dio el cetro; quién, la corona?
¿Quién te puso al timón de nuestra nave?
¿Quién al fuero del Cielo y de la Historia
el caudal remitió de tus desmanes?

Pasarán los años, pasarán los siglos, las edades
y quizás de ti ya no se acuerde nadie;
que la sangre de los míos que vertiste
ya no clame por derramar tu sangre.

Pero siempre habrá un tribunal del hombre
que no duerma, por muchos siglos que del tiempo pasen,
y que te juzgue, fratricida sin fe,
y te declare para siempre infame.

© Manuel Antonio Alvarez Hernández.