Sin pretensiones de Poeta

Al amable lector, si llegare a haberlo, quiero manifestarle con toda sinceridad que, con las palabras que aquí precedo la publicación de mis poemas en conjunto, por este medio informático, más que prologarla, como es habitual, tiene por finalidad prestarle un afectuoso saludo de agradecimiento por su lectura, significándole, además, que con esta publicación no pretendo sentar plaza de poeta, pues soy consciente de que serlo es más, mucho más que ser su genitor y  que lleven en su modesta literatura ínsito el ardor que es capaz de transmitir mi numen.

No oculto que me hubiera gustado ser poeta; llevar al verso la palabra justa, sin rebuscamientos para conseguir su encaje rítmico, su rima o su armonía; desterrar del lenguaje la palabra huera, la palabra hostil, la palabra zafia; que nunca la palabra sea dardo que hiera el pensamiento, como digo en unos de mis poemas; que brote del estro del poeta, como brota el manantial de una grieta en la montaña, espontáneamente; que el parto de una estrofa no sea nunca un tormento para la inspiración del poeta.

De muchacho, hice algunos pinitos poéticos escolares, que, según mis profesores, me señalaban el camino de las Letras. Pero, por causas que no vienen al caso, derivé por la ruta de colaborar en la Administración de la Justicia, que, si bien no permite ver la vida de color rosa, nos la ofrece con más colores y matices, que nunca podrá brindarnos el bello puente iris de los cielos.

Y quizás sea por ello, por llegar a la edad de la Filosofía con las alforjas llenas de colores y sin saber que hacer con ellos, tantos nos dedicamos a hacer pinitos artesanos, entre ellos, poéticos, pues, como ya apuntaba un viejo poeta, la Poesía se practica en la Juventud y en la Vejez, pues entremedio hay que trabajar.

Por lo tanto, sintiéndome legitimado por tales circunstancias, no me he arredrado en publicar algunos de mis poemas en nuestro Periódico El Día, que me ha prestado tal honor, que por siempre le estaré agradecido, ni tampoco ahora hacerlo en este medio con otros inéditos, los que aquí dedico con todo cariño a:

A mi esposa María Nieves y a mis hijos María del Mar, Manuel Ángel, Carlos, Juan Antonio y Alberto.

Manuel Antonio Alvarez Hernández